Si tuviera que elegir uno de mis libros favoritos, uno de ellos sería sin duda Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino. Para quien no lo conozca, el libro cuenta con una serie de relatos de viaje que Marco Polo hace a Kublai Kan, emperador de los tártaros. A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo condenado a la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, como una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo, una ciudad bidimensional… Según su autor, el libro no evoca sólo una idea atemporal de la ciudad, sino que desarrolla de forma más o menos implícita una discusión sobre la ciudad moderna. Él lo define como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades.
Uno de los cuentos que más me gusta es el titulado Las Ciudades Sutiles 3, y dice así:
«Si Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas.
Abandonada antes o después de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora, alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever una o muchas mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las esponjas.
La explicación a que he llegado es ésta: de los cursos de agua canalizados en las tuberías de Armilla han quedado dueñas ninfas y náyades. Habituadas a remontar las venas subterráneas, les ha sido fácil avanzar en su nuevo reino acuático, manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos, nuevos modos de gozar del agua. Puede ser que su invasión haya expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido construida por los hombres como un presente votivo para congraciarse con las ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En todo caso, esas mujeres parecen contentas: por la mañana se las oye cantar»
Siempre he tenido este libro y sus relatos presentes. Hace ya varios años, cuando me sumergí de lleno en el mundo del BIM, comencé con el desarrollo de un modelo MEP de un edificio gigante en el que estaba trabajando en aquel momento. Para todos aquellos que no estéis familiarizados con el lenguaje, viene a ser un modelo en tres dimensiones de toda la ingeniería de instalaciones de un edificio, simplificando muchísimo el concepto. Puede parecer que estoy cambiando de tema, pero no. Cada vez que veía un isométrico del mismo, pensaba en esa ciudad que relata el libro, y me la imaginaba llena de vida.

Dos años después, he conseguido sacar un hueco para dibujar lo que en aquel momento me inspiraba ese trabajo. En la esquina inferior derecha, estoy yo, pensativa, sentada en una climatizadora y sumergida en una de tantas aventuras que me ha regalado Panamá. Junto a mí, el casco de obra, y el millón de instalaciones que me rodeaban en mi día a día.
Todo ocurrió en una torre alta, de una ciudad cualquiera, en un país cualquiera, en un mundo cualquiera.
Diciembre 2019.
