Cuando decidí vivir intensamente

Hace muchos años, de manera inconsciente seguramente, decidí vivir intensamente. No sabría definir exactamente cuándo fue, pero todas las decisiones que fui tomando desde que empecé la universidad me llevaron a una vida de fuerte oleaje.

Aprendí a conocerme, y a entender que todas esas decisiones respondían a mi necesidad de salir de mi zona de confort constantemente, a sentir esa «tensión» de estar aprendiendo, creciendo, en todas las facetas de mi persona.

Creo que el primer paso importante fue responder a una llamada telefónica de trabajo, que me llevó a viajar a Qatar un par de días después. Dije que sí antes de pensar en profundidad lo que esto conllevaba, pero era lo que me pedía el cuerpo a mis veintitrés años. Salir, descubrir.

Esta experiencia, entre horas infinitas de oficina y viajes por el desierto, me enseñó que ya no había marcha atrás. Sin darme cuenta, había decidido emigrar, y no por necesidad. Teniéndolo todo a mi alcance, quise irme lejos de mi país para integrarme con otras culturas, extremadamente diferentes a la mía, y surfear las olas de un sinfín de experiencias que me llevarían al límite en todo sentido.

Por si fuera poco, un par de meses después estaba montada en un avión para empezar, nuevamente, mi vida muy lejos de casa. Esta vez, en Panamá. Cambié las tormentas de arena por las playas tropicales, y vaya si me enganchó. Cuando ya empezaba a acostumbrarme a los turbantes y al inglés con miles de acentos, me encontré ante un nuevo libro en blanco, con aire latino y lleno de oportunidades. Un mundo por explorar.

¿Y qué pasa con el tiempo? Que hasta ese mundo desconocido se vuelve paisaje. Lo que al principio era una aventura se convierte en tu nueva normalidad. Entonces, el cuerpo empieza a pedirme una nueva sacudida.

Vivir intensamente supone SENTIR, en mayúsculas. En la cresta de la ola y en el valle más profundo. Todo se vuelve cambiante, hasta tu círculo cero, que evoluciona constantemente en esa búsqueda de la «estabilidad» en una realidad que solo durará un par de meses, o un par de años. Quién sabe. Las relaciones se vuelven infinitamente más intensas, y habrá personas que te marcarán para siempre, aunque solo hayan compartido tiempo y espacio contigo un período efímero.

También supone tomar decisiones valientes (y difíciles) cuando ves con claridad que no estás en el camino correcto, o sencillamente porque ya es tiempo de reconducir, de evolucionar. Cambios de rumbo de vértigo que te hacen sentir libre, a pesar de llevarte a la incertidumbre total. Tener un control total sobre tu vida, la sartén por el mango. Y es que llega un momento en que esa incertidumbre es tu normalidad, y haces las paces con la idea de no hacer demasiados planes, y dejarte llevar. Una adrenalina que crea adicción.

Volver a casa es sentir que nada cambia, que todo está en el mismo sitio, menos tú. Sentirte incomprendid@, muchas veces, por no haber elegido «lo fácil y lo bueno». Pensé que la maternidad me llevaría a echar el ancla, y aquí me encuentro cruzando charcos con mi hija de siete meses, que lejos de frenarme, me llena de fuerza y energía y multiplica la intensidad de vivir por un millón. Ahora la aventura es igual o mejor, pero en familia, la mía propia.

Habrá quien encuentre sintonía con este escrito, más personal de lo habitual, y quien no. Si lo lees y sientes cierta inquietud, solo te diría que nunca, nunca, te quedes con las ganas. Pase lo que pase, todo es crecimiento y aprendizaje, y para volver al status quo, siempre hay tiempo.

Qatar. Finales del año 2015, cuando todo empezó.

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